17 jul. 2012

Delibes y las ratas de hoy

Es un gustazo abrir un libro y dejarte llevar por él. Pronto te sientes parte de una historia, conoces a unos personajes con los que te identificas o te enemistas según avanza la trama hasta llegar a un final sobrecogedor que te llena por un instante justo antes del vacío que provoca cualquier punto y final. Con 'Las Ratas', en cambio, ocurre de manera distinta. No es un libro de arranque fácil que te atrape desde la página 20. Quizás sea porque Miguel Delibes no es un escritor ágil o por el comienzo desagradable que presenta un ambiente lúgubre con rasgos esperpénticos que espantan al lector casual que busca encontrar literatura amable para la época estival. En cambio, Las ratas tiene un punto clave: provocar la reflexión del lector sobre el paso del tiempo hasta observar como las cosas cambian por completo pero las circunstancias no varían en absoluto. Los personajes que parecen lejanos (efectivamente vivieron en otra época) se vuelven muy cercanos, tanto que parece que el autor regresara del pasado para darnos una lección de conciencia. 


El Tío Ratero y su hijo, Nini, son los protagonistas que encarnan la miseria de un pueblo de Castilla que vive de la agricultura y se enfrenta al clima como fuente primaria de subsistencia. El escritor vallisoletano aprovecha la novela para narrar de manera espléndida los problemas del latifundismo y los abusos del poder de los políticos de turno. La misma historia de ayer y de hoy.

“No hay ratas, la cosecha se pierde, ¿puede saberse qué coño nos ata a este maldito pueblo?", es la pregunta que lanza el Tío Ratero, cuya ocupación es cazar roedores para venderlos a sus convecinos. Actualmente, muchos jóvenes se hacen la misma pregunta a la que Delibes responde “la tierra”.

En el libro, el final negro en duelo romántico y las gentes del pueblo grotescamente alteradas por intentar apaciguar la tormenta, dan paso a la carnicería y la miseria de quienes han sido exprimidos hasta las entrañas. En la realidad, o en los telediarios, de momento caos, cansancio e incertidumbre, ¿qué vendrá después? Esperemos que Delibes no fuera un visionario y lo que nos queda no sea una tragedia.

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